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Está a punto de hacer un año de la aparición del bichito ese que tanto nos ha cambiado la vida y creo que es momento de hacer un balance. Recuerdo el último fin de semana de normalidad, a principios de marzo, como si fuera ayer. Una amiga cumplía los 40 años y decidimos hacerle una fiesta sorpresa. Fue una noche llena de emociones y alegría que nada presagiaba lo que nos venía encima. Fue nuestra última fiesta.

El fin de semana siguiente todo cambió y los acontecimientos se precipitaron. La gente se volvió loca comprando papel higiénico y natillas, los lineales de los supermercados estaban vacías, no importaba a la hora que fueras. Nos encerraron en casa y los contagios y las muertes aumentaban por días. Salíamos a aplaudir a las 20h todos los días para dar las gracias a los sanitarios. Después las medidas se relajaron un poco cuando, en teoría, ya habíamos llegado al punto máximo de la curva y dejamos de aplaudir y de agradecer. Y en verano nos dejaron salir, sin pensar las consecuencias. Después de éste llegó la segunda ola, –que era de esperar-, por culpa de la irresponsabilidad de la gente. Y es que, para muchos, el rollo ese que se había inventado el gobierno, no iba con ellos (Miguel Bosé entre otros).

Volvieron las restricciones, que se hicieron menos duras porque íbamos hacia el otoño y el invierno, y cuando la situación estaba mejorando, llegaron las fiestas navideñas y ¡ala! otra vez a la calle… Porque nadie quiso pasar a la historia como el gobernante que nos dejara sin Navidad. A pesar de que todos sabíamos -o al menos podíamos imaginar qué iba a pasar después de las cenas familiares y los polvorones-, y pudiendo evitarlo con un comportamiento más cívico y solidario, hicimos lo que mejor sabemos hacer, es decir, pasar de todo e ir a nuestra bola. Y como no, llegó la tercera ola (el pareado no lo he hecho a propósito, pero no queda nada mal, ¿verdad?) -;)

Bueno, después de este resumen, y de un año tan diferente y tan lleno de cambios (cada semana nos han cambiado las medidas de seguridad y los hábitos sanitarios) hago balance, y a pesar de todo lo negativo que nos ha traído esta crisis sanitaria mundial, quiero pensar que también ha traído cosas buenas. Al menos a mí. Yo he aprendido a disfrutar más de mi casa. He descubierto rincones increíbles donde poder trabajar y sentirme muy cómodo. He utilizado cacharros de cocina que no habían visto la luz en varios años. He aprendido a planchar y he descubierto que eso me relaja. Valoro más un beso, un abrazo o una caricia. Y disfruto más de salir de casa para pasear por las calles de una ciudad medio desierta a partir de las 20h, o de correr por la playa y poder respirar.

También me he dado cuenta de que teletrabajar me está sentando muy bien, siempre y cuando seas una persona disciplinada y sepas separar el trabajo del hogar. En mi caso, hago exactamente lo mismo de lo que haría si estuviera en la oficina, con la ventaja de que estoy más tranquilo, lo que mejora mi estado de ánimo, repercutiendo en la calidad de mi trabajo.

¿Que echo de menos cosas de la antigua normalidad? Por supuesto. Tomar una cerveza con los amigos, ir al teatro, salir a cenar y volver a las tantas o simplemente salir a la calle sin mascarilla, notar el aire en la cara y poder respirar. Quiero pensar que todo eso volverá más pronto que tarde. Y aunque se está haciendo un poco más largo de lo que todos esperábamos, como escuché una vez en una canción, solo nos queda tener “paciencia y fe”…