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El viernes pasado fue “San José”. Un día grande para la Comunidad Valenciana, y sobre todo para ciudades como Valencia, Gandia, Oliva y otras que viven la fiesta fallera desde lo más hondo de su ser.

Éste ya es el segundo año que falleras y falleros ven cómo su fiesta se ve perjudicada por la COVID-19. Al menos, el año pasado, pudieron disfrutarla hasta el último momento, sin poder quemar los monumentos y dejando un

sabor amargo en el corazón de los amantes de las Fallas que viven esos cuatro días con alegría e intensidad. El 2021, ha sido más duro, porque la actividad fallera se ha reducido al mínimo, y la indumentaria fallera, los moños y las alhajas deberán permanecer en el armario un año más. O eso se creía el virus…

Que el espíritu fallero ha permanecido intacto estos días pasados es algo evidente. A pesar de que las calles no olían a pólvora, de que los estallidos de los cohetes no han sido lo habitual, y que nuestras ciudades no se han llenado con el colorido de monumentos fantásticos con un funesto final, y de tejidos maravillosos que duermen durante todo el año para lucir preciosos los días de Fallas, a pesar de todo ello, las ganas de fallas, las ganas de darle visibilidad a unas fiestas que nos representan a nivel internacional y que son la delicia de muchos, han estado presentes.

Me considero una persona observadora. Me gusta callejear por mi ciudad, y durante la semana pasada, puede comprobar, con satisfacción, que el espíritu fallero sigue vivo. En los escaparates de las tiendas, en las banderas que engalanaban las calles para recordarnos en qué época del año estamos, en la gente que a pesar de las adversidades, lució el blusón fallero y la pañoleta, y que paseaba por las calles con la familia o con amigos para recordar a los viandantes que estos no eran días normales. Eran días de Fallas.

 Todas estas escenas que en unas fallas normales hubieran pasado casi desapercibidas debido al bullicio de las calles, a los petardos y a la pólvora, este año se han convertido en ese salvavidas que nos ayuda a seguir adelante cada día para salir cuanto antes de una situación como la que estamos viviendo.

Ya ha pasado casi una semana de nuestro día grande. Este año, no encontramos restos de la fiesta por la calle. Hemos vuelto a la rutina menos cansados pero un poco más tristes por no haber podido disfrutar de nuestras fallas. De todas formas, y a modo de consuelo, decir que es año, parece que el cielo se ha puesto de nuestro lado, dejando considerables lluvias durante los días de fallas que hubieran imposibilitado una celebración bien lucida de nuestras fiestas. Podríamos decir que el tiempo ha llorando con nosotros por lo que no ha podido ser, y aunque este argumento puede sonar a justificación, ya conocéis el refrán, “mal de muchos, consuelo de tontos”.