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¿Pero se puede saber qué nos pasa? A la mínima que nos descuidamos, la naturaleza, nuestro entorno y el medio ambiente acaban pagando nuestros errores… No podemos negar que somos animales de costumbres, malas en algunas ocasiones, pero costumbres, al fin y al cabo.

La mascarilla se ha incorporado a nuestro día a día como un producto necesario y como una medida más para garantizar nuestra seguridad frente a la COVID-19. Si durante el mes de mayo se convirtieron en todo un producto de lujo -yo llegué a pagar 10€ por una de lo más sencillita-, ahora que su consumo se ha normalizado, podemos encontrar de diversas tipologías y niveles de protección a precios mucho más razonables en farmacias, supermercados y todo tipo de comercios, incluso de ropa, ya que la moda, ha visto en la mascarilla un nuevo complemento para las próximas temporadas (porque para bien o para mal, esto parece que va a durar). Desgraciadamente, no son los únicos sitios donde podemos encontrar mascarillas, ya que su uso generalizado está generando, desgraciadamente para todos, un nuevo tipo de residuo. 

Según datos recopilados por el Proyecto LIBERA de SEO/BirdLife y Ecoembes, actualmente en el mundo “se están utilizando aproximadamente 129.000 millones de mascarillas desechables al mes que pueden tardar hasta 400 años en descomponerse si no se desechan correctamente”. Y es que, el abandono incontrolado de este tipo de residuos trae consigo graves consecuencias no solo para nuestro entorno, sino también para nuestra salud al tratarse de un posible foco de contagio del virus.

En la playa, en el monte o incluso en la calle, este tipo de residuo es cada vez más habitual, sobre todo las mascarillas de un solo uso. Esto no solo nos perjudica a nosotros, sino también a todo lo que nos rodea, porque una vez más, estamos demostrando la naturaleza destructiva del ser humano. Si bien es cierto que cada vez hay más gente concienciada sobre el reciclaje y el abandono de residuos en el medio ambiente (un 68%), aún es poco, porque el 32% restante representa una gran cantidad de gente que lleva mascarilla y a la que le da igual dónde tirarla una vez ha dejado de servirle.

Sé que generalizar no está bien, pero ante situaciones como ésta, es difícil no indignarse y hacerlo. Y es que, no aprendemos. Primero fueron las colillas, después las toallitas de bebé y los preservativos, y ahora, las mascarillas fomentando lo que los expertos han comenzado en llamar “basuraleza” (basura abandonada en la naturaleza). Debemos comprender que no vivimos solos en el planeta y que cada acción repercute en nuestros semejantes y sobre todo en nuestro entorno. Porque ¿quién de vosotros no ha oído hablar del famoso “efecto mariposa”?

Durante el tiempo de confinamiento, y ahora con los efectos devastadores de la tercera ola, sigo asombrándome de la irresponsabilidad de las personas que actúan como si esto no fuera con ellos. Al principio, ante la incertidumbre y desconocimiento de lo que estaba ocurriendo, intentaba justificar algunos comportamientos como el poco civismo en los supermercados y la poca empatía de algunos hacia nuestros sanitarios. Pero viendo como se están desarrollando las cosas, sigo pensando que si el virus no acaba con nosotros, lo hará la estupidez humana.